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Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.


La principal ocupación de mi vida consiste en pasarla lo mejor posible.




sábado, 16 de agosto de 2008

El arte de insultar


El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue una de las mayores inteligencias del pensamiento europeo en el siglo XIX. La influencia de su obra más importante El mundo como voluntad y representación, publicada en 1816, alcanzó al también filósofo Friedrich Nietzsche y al psicoanalista Sigmund Freud. Solterón y enemistado con sus colegas, sostuvo una visión trágica de la vida según la cual los hombres están gobernados por una poderosa fuerza superior a ellos, un impulso ciego que los conduce a la nada y nunca queda satisfecho. Su mal carácter y sus teorías a contracorriente le granjearon grandes enemistades y ácidas discusiones. Schopenhauer pensaba que, cuando las artes de la argumentación fracasan, el último recurso son los insultos y las ofensas. Alianza Editorial acaba de reeditar un pequeño libro (El arte de insultar, 2007) donde se recopilan las amarguras y ofensas de Schopenhauer a lo largo de sus escritos. Todos conocemos la más famosa: “Las mujeres son seres de cabellos largos e ideas cortas”, pero hay bastantes más que hemos seleccionado aquí, todo un banquete para los pesimistas:
· Sobre las personas que compran libros. ¡Qué bueno sería comprar libros si junto con ellos se pudiera comprar el tiempo para leerlos! Pero casi siempre se confunde la compra de libros con la adquisición de su contenido.
· Sobre la astrología. Una prueba maravillosa de la subjetividad miserable de los seres humanos que hace que éstos lo refieran todo a sí mismos y pasen desde cualquier idea a sus propias personas sin solución de continuidad, lo proporciona la astrología, que vincula el movimiento de los grandes cuerpos celestes al pobre yo, y relaciona los cometas con las trifulcas y necedades terrenales.
· Sobre la barba. La barba debería, por ser casi una máscara, estar prohibida por la policía. Además, como es un símbolo sexual plantado en medio de la cara, resulta obscena. Por eso le gusta tanto a las mujeres.
· Sobre el cerebro. El cerebro es el parásito, o el pensionista, de todo el organismo.
· Sobre las mujeres. Basta con que haya amas de casa y jovencitas que, por aspirar a serlo, deben ser educadas no para ser arrogantes, sino hogareñas y sumisas.
· Sobre el deseo sexual. Es la quintaesencia de la estafa de este bendito mundo; pues aunque es indecible, infinito y desmedido lo que promete, es muy poco lo que cumple.
· Sobre Dios. Si un Dios creó este mundo, no me gustaría ser ese Dios: las miserias de este mundo me partirían el alma.
· Sobre los eruditos. La peluca es el símbolo, bien escogido, del erudito como tal. Adorna la cabeza con una gran masa de cabello ajeno cuando escasea el propio.
· Sobre los escritores descuidados. Quien escribe en forma descuidada da testimonio, por lo pronto, de que no le atribuye demasiado valor a sus propios pensamientos.
· Sobre la eugenesia. Si se pudiese castrar a todos los canallas y encerrar en conventos a todas las muchachas tontas, dotar de un harén a todos los hombres de carácter noble y de verdaderos hombres a todas las muchachas talentosas e inteligentes, surgiría muy pronto una generación que eclipsaría al siglo de Pericles.
· Sobre los franceses. Otras partes del mundo tienen monos. Europa tiene franceses. Una cosa compensa la otra.
· Sobre Hegel. No es más que un dilapidador de papel, de tiempo y de cerebros.
· Sobre los seres humanos. Con escasas excepciones, no son otra cosa que sopa con arsénico.
· Sobre el matrimonio. Casarse consiste en hacer todo lo posible por provocarse asco mutuamente.
· Sobre la vida. La vida se parece a una pompa de jabón que conservamos y seguimos inflando tanto como podemos aunque sabemos con certeza que estallará.

¡Salud, maestro Schopenhauer!

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